Resumen: Historia del muralismo Mexicano


Historia de la pintura, pintura contemporánea en México

Detalle Mural, Mexico D.F. 
 Pintor Mexicano
OBRA MONUMENTAL DE DIEGO RIVERA
Muralismo Mexicano
Pintores Inmortales



Murales de Diego Rivera en Mexico D.F. Cuando el mexicano Diego Rivera se le encargó pintar un gran mural en el Rockefeller Center de Nueva York, no se le ocurrió otra cosa que incluir la figura de Lenin entre los personajes de la obra. Las polémicas se produjeron de inmediato entre los directivos del centro y el pintor. Diego Rivera no consintió en hacer desaparecer al líder ruso del mural y este quedó detenido. Finalmente fue borrado.

Una circunstancia semejante se produjo en su propio país. En el vasto fresco titulado Sueño de una tarde de domingo en la Alameda Central que pintó en el Hotel Prado de México D.F., escribió la frase «Dios no existe». Esto provocó una oleada de protestas y el arzobispo de la ciudad se negó a bendecir el edificio. El mural estuvo tapado durante varios años; menos mal que en esta ocasión el pintor accedió finalmente a cambiar esta frase por otra más suave.

Estas dos anécdotas muestran con precisión la ideología que orientó al fenómeno plástico más importante de Latinoamérica desde la conquista española: la escuela de muralistas mexicanos forjada a partir de la revolución de 1910. Esta revolución, iniciada con el levantamiento de los campesinos de origen maya y azteca contra los latifundistas herederos de los conquistadores españoles dio lugar, finalmente, a un gobierno democrático que buscó la colaboración de los artistas para sus planes de reforma cultural del pueblo.

Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros van a ser las figuras más destacadas de un movimiento pictórico fundamentalmente social, que en cierta medida, rechaza la pintura de caballete para adoptar el gran mural público como forma de expresión eminentemente popular. Pero antes de tratar sobre estos tres maestros echemos una ojeada retrospectiva al proceso artístico que se desarrolla en el cono sur del continente americano a partir de la llegada de los descubridores y conquistadores europeos. Esta mirada atrás describe el paulatino acercamiento a las fuentes autóctonas sudamericanas, que va a culminar en el movimiento mexicano.
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De la influencia europea al indigenismo

Durante la etapa colonial y hasta el siglo 18, la pintura latinoamericana está fundamentalmente orientada por las tendencias que se desarrollan en Italia y en la metrópoli, y más en concreto por la pintura barroca, que tuvo en España excepcionales cultivadores. Los pintores de la península trabajan para la exportación a las Indias Occidentales, y los cuadros que llegan al nuevo continente influyen de manera decisiva en los artistas locales. También ejercen su influjo los pintores que emigran a las tierras recién conquistadas, no sólo españoles, sino también italianos. Todos son profesionales de segunda fila, que ejercerán, no obstante, un importan- te papel como maestros de técnicas y procedimientos, supliendo la carencia de centros de enseñanzas artísticas. Más tarde, una vez conseguida la independencia, cada país organizará poco a poco sus academias de dibujo y pintura, regidas por artistas que se forman en España, Francia o Italia. El influjo de la exmetrópoli en decadencia deja paso paulatinamente a las nuevas tendencias desarrolladas en París: neoclasicismo, romanticismo, pintura realista, impresionismo, etc.
Murales, Mexico D.F. 
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OBRA MONUMENTAL DE DIEGO RIVERA
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El paso siguiente consiste en un esfuerzo por encontrar las verdaderas fuentes de un arte propiamente autóctono, que exprese el particular modo de sentir y comprender la realidad latinoamericana desde presupuestos propios. Esta expresión se va a configurar en las primeras décadas del siglo 20 con movimientos que tomarán el indigenismo y lo social como puntos teóricos de partida. Los muralistas mexicanos marcan la trayectoria y su influjo se dejará sentir en toda la América del Sur y Central.


Desde la colonia hasta los años 50.

Argentina es, seguramente, el país que más ligado permanece hasta nuestros días a la tradición pictórica europea, sin que se produzca ningún movimiento de carácter nacional similar en intensidad al fenómeno mexicano.
Murales en el Palacio Nacional, Mexico D.F. 
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Desde el neoclasiéismo con tintes románticos de Carlos Enrique Pellegrini o Prilidiano Puyrredón, que inician la pintura argentina propiamente dicha, pasando por los impesionistas Faustino Brughetti y Martín A. Malharro, se continúan las maneras europeas hasta la aparición de las tres figuras más interesantes de la primera mitad del siglo 20: Miguel Carlos Victorica, Lino Eneas Spilimbrego y Emilio Pettoruti.

Miguel Carlos Victorica (1884-1955) residió en París durante siete años para regresar a la Argentina en 1918. En su taller de la Boca del Riachuelo, en una zona que viene a ser el Montmartre de Buenos Aires, realizó lo mejor de su trabajo. Se trata de una obra delicada e intimista, de formas indefinidas emparentadas con el impresionismo y un colorido fresco de factura espontánea. Es, seguramente, el mejor pintor de desnudos que ha producido Argentina.
Murales en el Palacio Nacional, Mexico D.F. 
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Entre sus obras más notables hay que destacar El secretario, La cocina bohemia, La madre o El collar de Venecia. Lino Eneas Spilimbergo (1896-1964) asimila en Italia la lección de los pintores del quattrocento y en Francia es influido por el cubismo de André Lothe. Su obra madura, realizada en su estudio del arrabal porteño de Saavedra, muestra esas dos orientaciones. Junto a un dibujo de ascendencia renacentista, sobresale un sólido constructivismo que toma elementos de Cézanne y el cubismo. Practica una pincelada de toque corto que recuerda, asimismo, la factura del maestro provenzal.

Emilio Pettoruti (1894) ha residido casi siempre en París y está considerado entrelos diez mejores pintores pertenecientes a la generación posterior a Picasso, Braque, Matisse, etc. Su obra desciende claramente del cubismo; las formas aparecen construidas mediante planos geométricos que se organizan para componer un universo que reúne dos características al parecer irreconciliables: una severa concepción analítica muy racionalizada, junto a un extraño lirismo derivado de los temas y el color. En la otra orilla del río de la Plata, en Uruguay, tras la gran figura de Juan Manuel Blanes, excepcional pintor realista de episodios históricos, ya en la primera mitad de nuestro siglo aparece un hombre que va a dejar una huella importante en las nuevas generaciones de artistas platenses. Nos referimos a Joaquín Torres García (1874-1949), que reside hasta 1934 en París y al regresar a su país se constituye de inmediato en el gran animador de la pintura uruguaya, a la que aporta las tendencias más avanzadas del momento. La obra de Torres García, que parte de Cézanne y el cubismo (y él mismo denomina constructiva), muestra una economía máxima de elementos formales. Mediante líneas verticales y horizontales pinta una especie de casilleros en cuyos cuadros incluye motivos diversos (peces, lunas, barcos, caras) reducidos a una síntesis tan acusada, que dejan de ser elementos naturales para transformarse en signos. Como fondo utiliza los colores primarios o bien ocres y grises. Se trata de un tipo de trabajo llevado a su expresión más elemental, desnuda y sin truco.

Murales del Pintor Mexicano
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En Brasil, la figura de Cándido Portinari (1901-1962) monopoliza la mejor manifestación plástica del país. Junto con el ruso nacionalizado Lasar Segall y Emiliano de Calvacanti, representa la madurez de la pintura brasileña y el puente para las nuevas generaciones contemporáneas. Portinari residió en París dos años y viajó por España, Italia e Inglaterra. Su obra recoge influencias de los muralistas mexicanos y de Picasso, que traslada a una temática local. Fundamentalmente fue un fresquista épico, primitivo y dramático. Pinta personajes de grandes pies y manos bordeados de gruesas líneas oscuras y figuras de tamaño desmesurado que expresan la tragedia del hombre situado frente a un medio de violencia física y social que le aniquila. El color es agrio, acorde con un concepto gráfico que hace de su trabajo como un grito terrible de angustia.

La influencia de los muralistas mexicanos se hace patente en Bolivia a través del notable muralista social Miguel Alandia Pantoja. Anterior a él es Cecilio Guzmán de Rojas, el auténtico iniciador de la pintura boliviana con raíces autóctonas, que llamó la atención sobre la necesidad de desprenderse de los moldes europeos para indagar sobre las auténticas motivaciones nacionales. Fue, casi exclusiva- mente, un pintor de temas indios.

Murales en el Palacio Nacional, Mexico D.F. 
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En Colombia, la antigua Nueva Granada, se produce una nutrida pintura colonial cuyo representante más destacado es el famoso Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos (1638-1711), que tuvo un floreciente taller a la manera europea del que salieron más de quinientos cuadros en la línea barroca. En este país es interesante la espléndida representación de pintores y dibujantes ornamentalistas (murales de la casa de Juan de Vargas, en Tunja, procedentes del siglo 16), cuya muestra más destacada tal vez sea la singular obra La Real expedición botánica del Nuevo Reino de Granada, publicada por primera vez en Madrid en 1954. En ella se recoge el trabajo realizado por un grupo de dibujantes dirigidos por el gaditano José Celestino Mutis que, enviado por Carlos 111, marchó a Colombia al frente de una expedición con el fin de hacer un inventario de la flora del país. Con este motivo se realizaron unos 7000 dibujos de plantas que son una auténtica obra maestra universal en trabajos de este género. La precisión del diseño, la delicadeza del color y el exquisito sentido estético de estas láminas resultan sorprendentes.


Otra expedición de tipo científico, la Comisión Corográfica, dirigida por el italiano Agustín Codazzi, que se organizó con el objetivo de iniciar un estudio serio de la geografía física, política y humana de Colombia, dio como resultado el Álbum de la Comisión Corográfica, donde se reúnen 152 dibujos excepcionales sobre las tierras, los hombres y el paisaje colombianos de la segunda mitad del siglo 19.

Enrique Grau, Fernando Botero o Armando Villegas son importantes pintores de la primera mitad del siglo 20.

La personalidad de Wilfredo Lam (1902) destaca entre los pintores cubanos contemporáneos. Cuba oscila entre la influencia europea (el cubismo de Amelia Peláez, la abstracción de Mario Carreño o la figuración fantástica de Servando Cabrera) y la tendencia autóctona con aportaciones mexicanas  (Eduardo Abela). Wilfredo Lam, de ascendencia china y negra, recoge ambas orientaciones. En su trabajo ha captado toda una serie de símbolos afro-cubanos que reúnen elementos oníricos y subconscientes en una obra de formas extrañas asimilable al surrealismo. En la singular y compleja fauna de Wilfredo Lam no dejan de percibirse resonancias de Picasso. El cuadro Jungla es un exponente muy exacto de su estilo.

El ecuatoriano de ascendencia india Oswaldo Guayasamin (1919) recibe también la influencia de los muralistas mexicanos. Su nombre significa, en quechua, Ave blanca que vuela, y ha realizado una obra donde recoge un testimonio totalizador de la población indígena de América. Su gran trabajo de conjunto, titulado Huacayñán (El camino del llanto, en quechua), compuesto por más de cien cuadros, fue expuesto con gran fortuna en Quito, Caracas y Washington. En la línea expresionista habitual de los mejores creadores americanos, la obra de Guayasamin presenta formas angulosas silueteadas por trazos vigorosos dentro de un primitivismo de intensa agresividad plástica. Blancos o tonos terrosos y una factura sucia contribuyen a darle este carácter a su obra.

Murales en el Palacio Nacional, Mexico D.F. 
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La gran fecundidad pictórica del Perú virreinal, el centro artístico más importante de América durante la época colonial, no tiene después una adecuada continuación tras la independencia. La tendencia indigenista iniciada a principios de siglo por José Sabogal, no llega a cuajar en una figura o una escuela de resultados importantes.

Sebastián Matta es la personalidad indiscutible de la pintura contemporánea en Chile. Podemos establecer un proceso pictórico chileno que iniciado tras la colonia por tres pintores académicos como Martín Tovar, Cristóbal Rojas y Arturo Michelena, se continúa en Emilio Boggio, que introduce el impresionismo en el país y da lugar a una escuela rebelde orientada hacia la busca de nuevas formas de expresión. En ella sobresale el carácter robinsoniano de Armando Reverón, que derivará hacia el fauvismo. Sebastián Matta (1912) es arquitecto y fue ayudante de Le Corbusier en París, donde se adhirió al surrealismo en el año 36. Después se traslada a Estados Unidos y su pintura oscila hacia los postulados de la action painting bajo la influencia de los grandes maestros norteamericanos de esta tendencia (Pollock, Tobey). Al hablar de dicho movimiento en el próximo capítulo trataremos más detenidamente de la obra de Matta.

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